viernes, 19 de julio de 2013

NO ES FÁCIL

Blas tenía ocho años y jugaba solo en el inmenso jardín de su casa. En algún momento se le ocurrió subir por una extensa escalera caracol que conducía a un altillo casi abandonado, para ver si encontraba algún juguete nuevo con el que pudiera divertirse.
Mientras subía comenzó a darse cuenta de que aquella escalera era más alta e inestable de lo que le pareció al observarla desde abajo. Las barandas de protección eran demasiado anchas y su pequeño cuerpo pasaría por ellas sin mayores inconvenientes, por eso empezó a imaginar posibles accidentes mientras escalaba y sin darse cuenta comenzó a desconcentrarse.
Al perder el foco, no logró pisar bien uno de los escalones y cayó al piso desde 15 metros de altura. El golpe que se pegó al impactar con el suelo retumbó en toda la casa y alarmó a las personas que se encontraban en ella.
Cuando vio aquel cuerpecito inmóvil, Rosa, la niñera, gritó: “¡Esta muerto, Blas no se mueve, creo que se cayó del altillo!”. En ese instante apareció el dueño de casa, Aníbal, desde otro extremo del jardín y vio al pequeño de frente (a diferencia de la mujer que sólo podía observar el cuerpo de espaldas).
“Tranquila Rosita, Blas respira y tiene los ojos abiertos”. “Agarrálo que voy a poner en marcha el coche, hay que llevarlo a que lo revisen, esta temblando”, continuó.
Los dos adultos lo trasladaron para que sea atendido por profesionales. El señor Marcelo Rivas fue el encargado de examinarlo y de tranquilizar a sus rescatistas que seguían conmovidos por lo que había ocurrido.
“Tiene tanta suerte que sólo se fracturó la pierna, estaba asustado por eso temblaba y no se movía”, dijo el especialista. Les aclaró varias veces que después de ponerle el yeso, Blas no iba a poder correr ni forzar los movimientos, era de suma importancia que reposara durante por lo menos un mes.
A la semana siguiente todos los integrantes de la familia intentaron detener y renegar al pequeño que corría junto a su amiguito Toto por todo el jardín (con yeso incluido). No hubo forma de frenar aquellos juegos, Blas estaba feliz y no mostraba signos de dolor físico del accidente ni de su posterior lesión.
Pasaron las semanas y las molestias ya no existían, por eso Rivas le quitó el yeso e indicó que siga su vida con normalidad. Aquella infancia fue transcurrida con normalidad y los años posteriores resultaron muy buenos; pero otra tragedia estaba al caer.
A los 24 años y en medio de los festejos de noche buena, su mejor amigo Toto, aquel con el que jugaba en el jardín cuando los dos eran chiquitos, fue atropellado cuando estaba por cruzar la calle de su casa. Lamentablemente no tuvo suerte y murió segundos después del impacto.
Blas quedó desbastado, parecía que nunca iba a poder recomponerse de aquella perdida. Ya no mostraba la alegría y energía que eran características en él, dejó de correr, no comía lo suficiente y generalmente estaba echado mirando la nada ó durmiendo.
Sin embargo, una mañana se levantó y optó por encarar la semana diferente. Parecía que la energía le había vuelto al cuerpo, corría y saltaba como si fuera un niño, trataba de jugar a la pelota con cualquiera que se le acercaba y comía más que nunca en su vida.
Otra vez, se reponía de un duro golpe que le causaba la vida. Eligió alzar la cabeza (además de continuar con esa actitud que lo hacía tan peculiar). Pero de nuevo el destino le ponía una gran piedra en su camino:
Tenía 48 años cuando Rivas le dijo a su familia: “se esta quedando ciego y no hay nada que podamos hacer, en tres meses como máximo no va a poder ver nada”. Así de rotundas fueron las palabras del profesional que atendía al paciente desde que era chiquito.
No obstante, Blas hizo caso omiso a la noticia y siguió adelante como si nada hubiera sucedido. Se la pasaba hiperquinético, como era habitual, a pesar de de que los primeros momentos fueron muy difíciles y verlo chocarse contra cualquier objeto que tenia en frente hacia pensar que no iba a poder superar esa prueba.
A los pocos meses de convivir con la enfermedad, Blas desarrolló sus otros instintos de manera increíble. Cuando alguien ponía la llave en la cerradura, él ya sabía de quien se trataba. Para no golpearse con las cosas, buscaba una pared y caminaba en permanente contacto con ella para llegar a donde necesitaba.
Otra vez más pudo sobreponerse a las piedras que le puso la vida y demostrarle a los que tenía cerca que con actitud, todo se puede. Ahora tiene otros amigos, como Pichuco, quien lo trata igual que a los privilegiados con todos los sentidos en funcionamiento.
En la actualidad Blas tiene 102 años y goza de una imperturbable tranquilidad a pesar de haber pasado por momentos tan difíciles. Este tipo de personalidades hacen que las quejas y problemas banales que se escuchan día tras día parezcan chistes de mal gusto.
¡¿Quién fue el ignorante que dijo: “Ser perro es muy fácil”?!