Blas
tenía ocho años y jugaba solo en el inmenso jardín de su casa. En algún
momento se le ocurrió subir por una extensa escalera caracol que
conducía a un altillo casi abandonado, para ver si encontraba algún
juguete nuevo con el que pudiera divertirse.
Mientras subía comenzó a
darse cuenta de que aquella escalera era más alta e inestable de lo que
le pareció al observarla desde abajo.
Las barandas de protección eran demasiado anchas y su pequeño cuerpo
pasaría por ellas sin mayores inconvenientes, por eso empezó a imaginar
posibles accidentes mientras escalaba y sin darse cuenta comenzó a
desconcentrarse.
Al perder el foco, no logró pisar bien uno de los
escalones y cayó al piso desde 15 metros de altura. El golpe que se pegó
al impactar con el suelo retumbó en toda la casa y alarmó a las
personas que se encontraban en ella.
Cuando vio aquel cuerpecito
inmóvil, Rosa, la niñera, gritó: “¡Esta muerto, Blas no se mueve, creo
que se cayó del altillo!”. En ese instante apareció el dueño de casa,
Aníbal, desde otro extremo del jardín y vio al pequeño de frente (a
diferencia de la mujer que sólo podía observar el cuerpo de espaldas).
“Tranquila Rosita, Blas respira y tiene los ojos abiertos”. “Agarrálo
que voy a poner en marcha el coche, hay que llevarlo a que lo revisen,
esta temblando”, continuó.
Los dos adultos lo trasladaron para que
sea atendido por profesionales. El señor Marcelo Rivas fue el encargado
de examinarlo y de tranquilizar a sus rescatistas que seguían conmovidos
por lo que había ocurrido.
“Tiene tanta suerte que sólo se fracturó
la pierna, estaba asustado por eso temblaba y no se movía”, dijo el
especialista. Les aclaró varias veces que después de ponerle el yeso,
Blas no iba a poder correr ni forzar los movimientos, era de suma
importancia que reposara durante por lo menos un mes.
A la semana
siguiente todos los integrantes de la familia intentaron detener y
renegar al pequeño que corría junto a su amiguito Toto por todo el
jardín (con yeso incluido). No hubo forma de frenar aquellos juegos,
Blas estaba feliz y no mostraba signos de dolor físico del accidente ni
de su posterior lesión.
Pasaron las semanas y las molestias ya no
existían, por eso Rivas le quitó el yeso e indicó que siga su vida con
normalidad. Aquella infancia fue transcurrida con normalidad y los años
posteriores resultaron muy buenos; pero otra tragedia estaba al caer.
A los 24 años y en medio de los festejos de noche buena, su mejor
amigo Toto, aquel con el que jugaba en el jardín cuando los dos eran
chiquitos, fue atropellado cuando estaba por cruzar la calle de su casa.
Lamentablemente no tuvo suerte y murió segundos después del impacto.
Blas quedó desbastado, parecía que nunca iba a poder recomponerse de
aquella perdida. Ya no mostraba la alegría y energía que eran
características en él, dejó de correr, no comía lo suficiente y
generalmente estaba echado mirando la nada ó durmiendo.
Sin embargo,
una mañana se levantó y optó por encarar la semana diferente. Parecía
que la energía le había vuelto al cuerpo, corría y saltaba como si fuera
un niño, trataba de jugar a la pelota con cualquiera que se le acercaba
y comía más que nunca en su vida.
Otra vez, se reponía de un duro
golpe que le causaba la vida. Eligió alzar la cabeza (además de
continuar con esa actitud que lo hacía tan peculiar). Pero de nuevo el
destino le ponía una gran piedra en su camino:
Tenía 48 años cuando
Rivas le dijo a su familia: “se esta quedando ciego y no hay nada que
podamos hacer, en tres meses como máximo no va a poder ver nada”. Así de
rotundas fueron las palabras del profesional que atendía al paciente
desde que era chiquito.
No obstante, Blas hizo caso omiso a la
noticia y siguió adelante como si nada hubiera sucedido. Se la pasaba
hiperquinético, como era habitual, a pesar de de que los primeros
momentos fueron muy difíciles y verlo chocarse contra cualquier objeto
que tenia en frente hacia pensar que no iba a poder superar esa prueba.
A los pocos meses de convivir con la enfermedad, Blas desarrolló sus
otros instintos de manera increíble. Cuando alguien ponía la llave en la
cerradura, él ya sabía de quien se trataba. Para no golpearse con las
cosas, buscaba una pared y caminaba en permanente contacto con ella para
llegar a donde necesitaba.
Otra vez más pudo sobreponerse a las
piedras que le puso la vida y demostrarle a los que tenía cerca que con
actitud, todo se puede. Ahora tiene otros amigos, como Pichuco, quien lo
trata igual que a los privilegiados con todos los sentidos en
funcionamiento.
En la actualidad Blas tiene 102 años y goza de una
imperturbable tranquilidad a pesar de haber pasado por momentos tan
difíciles. Este tipo de personalidades hacen que las quejas y problemas
banales que se escuchan día tras día parezcan chistes de mal gusto.
¡¿Quién fue el ignorante que dijo: “Ser perro es muy fácil”?!
